Ataulfo Friera (Tarfe)
(Gijón 1864 - Valladolid 1918)

Mesas revueltas

Ataúlfo Friera Canal (Tarfe) fue uno de los periodistas más populares y activos en las últimas décadas del siglo XIX, sorprendente e injustamente olvidado antes incluso de su fallecimiento.

Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid, donde hizo amistad con Miguel de Unamuno. Con posterioridad regresó a Gijón y se dedicó a lo que Españolito denominó «periodismo de combate», alternando artículos costumbristas con comentarios volanderos y cuentos. Vinculado a la prensa democrática de la época, entre 1890 y 1896 colaboró en El Comercio, donde hizo famoso el pseudónimo de Tarfe. Escribió también para prensa ovetense y madrileña, y con anterioridad había fundado y dirigido los semanarios Gijón - Begoña (1888), La comedia gijonesa y La golondrina (1893), todos ellos de carácter festivo.

A1 margen de su trabajo periodístico, publicó la novela Manolita Gálvez, el poema Los amores de un niño, y estrenó, en 1891, la comedia Luto riguroso.

Al final de su vida sufrió una grave enfermedad mental, que lo retiró de la actividad creativa y provocó su internamiento en centros psiquiátricos, hasta morir en un sanatorio de Valladolid en el otoño de 1.918, mucho tiempo después de haber escrito su última línea.

Tarfe, por Milio Rodríguez Cueto

La vida de Ataúlfo Friera, «Tarfe», comenzó en Gijón en el año 1864. Mesas revueltas, libro, salió de imprenta en 1907, cuando Tarfe ya no estaba en condiciones de escribir, como una selección de las crónicas que había publicado, bajo ese mismo título, en el diario El Musel, en la década de 1880. Es, pues, la obra de un joven, algo que el lector no deja de observar en la osadía y el atrevimiento de algunos de sus planteamientos.

De Tarfe puede decirse que es el padre de un cierto tipo de articulismo costumbrista, caracterizado por diálogos chispeantes y de tono realista, así como por un marcado gusto por los personajes y las clases populares, género que Adeflor consagraría años después bajo la denominación de «charlas», de las que ya hemos publicado un tomo en esta colección (Charlas gijonesas, n° 4). No es ésta una opinión arriesgada: en uno de los dos prólogos de la edición de 1907, otro periodista contemporáneo suyo, Valdés Prida, afirma de él que «fue creador de la "literatura gijonesa", si así puede llamarse. Por sus famosas Mesas revueltas desfilaron los mis conocidos tipos de Gijón; él hizo hablar en el periódico a las más célebres comadres de barrio en ese lenguaje típico y encantador de los gijoneses que no se preocupan del léxico».

Por su parte, Benito Delbrouck, en el segundo de los prólogos (que peca de ampulosidad y «exceso de estilo»), nos dice que: «Toda la vida popular con fuerza plena, sentida, se refleja en estas páginas, verdadero cinematográfico del Gijón de antaño, muchos de cuyos cuadros conservan la misma exactitud real con que están descritos». Lamenta Delbrouck, acto seguido, que la insignificancia del tema pintoresquista al que se entregó el escritor impidiera a sus dotes literarias naturales volar más alto. Dice, por ejemplo: «En la crónica en que describe un amanecer (primera del libro), ya el espíritu de Tarfe, desligado de miserias y pequeñeces de medio, parece como que vuela libremente y remontándose a las más altas esferas de un más puro arte, suelto el ingenio, vierte en chorros frescos su inspiración lozana». No estamos de acuerdo con esta opinión, sospechosa aunque sólo sea por la engolada prosa que la defiende. Son precisamente esos momentos, sublimes para Delbrouck, lo menos, por no decir lo nulamente interesante de la producción de Friera. No pasan de empalagosos óleos del mismo estilo que nos ofrece la cita anterior, en las antípodas de la vivacidad y penetración de los personajes que encontramos en obras maestras como el artículo titulado «Dos chiquillos», por ejemplo. De hecho, nos hemos permitido eliminar aquella primera crónica, que tanto entusiasmaba a Delbrouck, en la creencia de no perjudicar así a nuestro querido autor. Con el mismo criterio hemos aligerado la edición centenaria en unos pocos artículos más, que, en general, resultaban redundantes en el conjunto del libro. Pobre Tarfe: Delbrouck y Valdés Pría, igualmente bienintencionados, excluyeron de la selección cualquiera de sus escritos que tuviera que ver con el famoso conflicto entre muselistas y apagadoristas, en el que él tomó parte activa y enérgica. Hoy le podamos un poco más... y siempre, entonces y ahora, con la misma disculpa: la de nuestra admiración.

Tarfe no tuvo suerte. Citarnos el colofón del artículo que Constantino Suárez le dedica en su obra enciclopédica: «Los últimos años de la existencia de Ataúlfo Friera fueron, más que tristes, desoladores. Fue atacado por una grave afección metal que al fin le causó la muerte en un sanatorio de Valladolid el 19 de diciembre de 1918». Esta circunstancia, la demencia del autor, es citada con sentimiento en los prólogos de Valdés Prida y Delbrouck, junto con la insistente idea, que también defiende Españolito, de que sobre Tarfe se posa (ya en aquel entonces) un injustificado olvido. El manicomio le enterró en vida. Entre los documentos a él referidos que se conservan en el archivo de Luciano y José María Castañón, hay una breve noticia, publicada el 5 de diciembre de 1896 en El Correo de Asturias, que dice:

En el Hospital-manicomio ocurrió anteayer un sensible accidente. Al entrar la Hermana de la Caridad Sor Dominica en la celda del enfermo D. Ataúlfo Friera con objeto de recoger el servicio de desayuno que antes le había servido, le arrojó aquél una jarra a la cara causándole varias heridas (...).

"El enfermo D, Ataúlfo Frier", despojado ya de su condición de escritor.

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